martes, 26 de marzo de 2013

Castrólicos anónimos



Uno de los grandes problemas del exilio es que está formado, en gran medida, por generaciones que fueron educadas por la revolución y, aunque luego hayan abierto los ojos y cambiado su orientación política, su forma de ver la realidad y de interactuar con ella, sigue marcada subconscientemente por las actitudes egocéntricas, beligerantes, prejuiciadas e intolerantes que inevitablemente absorbieron desde niños. Es un fenómeno sicológico muy común, que los hijos renieguen de sus padres y traten de ser totalmente opuestos, y al mismo tiempo padezcan sus mismos defectos, obsesiones y patologías. Ese es el gran crimen de los Castro: tantas generaciones contaminadas, millones de cubanos traumatizados, la mayoría sin saberlo o aceptarlo, que siguen repitiendo patrones negativos, como si fuera una maldición. Haría falta una gigantesca terapia colectiva para sanar al exilio. La libertad es algo más que poder viajar, consumir y opinar libremente; es también educación, ética, respeto, pensamiento libre de prejuicios, mente abierta y flexible, creatividad y altruísmo. Hasta que los cubanos no aprendamos a ser libres, no habrá una Cuba verdaderamente libre.

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